Unos hombres creen a veces acreditar mejor su origen divino, y otros, se enorgullecen de su valía intelectual con cierto fetichismo, oponiendo un innecesario celo contra la ponderación de las cualidades afectivas del perro, como si de ello fuera una exageración sensiblera, y buscan interpretaciones racionales a los hechos conmovedores de los perros que emocionan a otras personas. Así, por ejemplo, se pretende hallar una explicación fisiológica al caso de aquellos perros que después de haber perdido a su amo rehusan comer y mueren al poco tiempo; tal conducta se pretende justificar como impulsada por móviles materiales imprecisos, como debido a factores importantes que obran en la vida fisiológica y en primer lugar es el temor causado por el ambiente desacostumbrado.
Pero todo ello resulta tan insuficiente como dar por sentado que los perros no piensa y en ellos no hay alegría ni tristeza, porque estos sentimientos llamados superiores suponen raciocinio. Sería desconcertante que el soplo divino de que hablan los teólogos no fuese exclusivamente el infundidor de la facultad de raciocinio en el hombre, sino de la calidad afectiva, de su capacidad de sentir el bien, la lealtad y abnegación, en cuyo caso lo intelectual sería en gran parte la ciencia del mal, que junto con la del bien tomó Adán cuando no supo resignarse, como el perro, a una vida de simplicidad afectiva.
Pero es claro que la capacidad afectiva, la facultad de ponderar el bien y el mal implica discernimiento, en cuyo caso si aceptamos esta cualidad en el perro estamos aceptando que es capaz de pensar. Este es el problema, porque el perro no puede , y esto es evidente, razonar como el hombre; también resulta indudable que es capaz de sentir la alegría y la tristeza no soló fisiológicamente, sino afectivamente también, por lo cual no es solución negar esto último para acreditar que el perro no es capaz de pensar y carece de las funciones psíquicas que hacen presuponer, en el caso del hombre, la existencia de un alma.
Quizá la cuestión radica en la forma de plantear el problema, porque en lugar de negar que el perro es capaz de pensar como el hombre, deberíamos decir que no es capaz de pensar al estilo del hombre. Mas, por otra parte, sería aventurado decir que la forma de pensar del perro es rudimentaria y establecer unas gradaciones imaginativas entre el hombre y el perro.
La cuestión se reduciría entonces a suponer un proceso evolutivo, por el cual el perro se acercarse a la capacidad mental del hombre a través de los milenios; pero queda, no obstante, cada vez mas atrás porque el ritmo evolutivo del hombre es más acelerado. Sin embargo, el hombre y el perro no siguen una misma linea, donde uno haya avanzado más que otro, sino que son distintos sensorial y psíquicamente. Mas negar el dolor, la alegría y la tristeza en el perro es cortarle al problema la cabeza.
Sobre la capacidad de tristeza en el perro que ha perdido a su amo, su inquebrantable fidelidad en el recuerdo, existen infinidad de relatos de los cuales voy a seleccionar algunos por su mayor significado psicológico, recogidos en recortes de prensa.
Los porteros del cementerio de la Almudena,en Madrid, tuvieron que evitar la insistencia de un perro que a toda costa estaba dispuesto a burlar la vigilancia para entrar a la tumba de su amo, día y noche, bajo la lluvia; mas como no pudo entrar se fué y volvió a los dos días con una herida en el cuello, dispuesto a continuar la guardia, fiel y amigo del hombre muerto.
En Alfeld, Alemania, un perro hace todos los días una visita a la tumba de su dueño. Desde la casa de los hijos del finado, donde vive, se dirige triste y pausado a través de las calles hasta el cementerio, donde permanece ante la tumba de su dueño un buen rato antes de volver a la casa, indiferente incluso a esas grandes nevadas de la Alta Baviera.
Pero todo ello resulta tan insuficiente como dar por sentado que los perros no piensa y en ellos no hay alegría ni tristeza, porque estos sentimientos llamados superiores suponen raciocinio. Sería desconcertante que el soplo divino de que hablan los teólogos no fuese exclusivamente el infundidor de la facultad de raciocinio en el hombre, sino de la calidad afectiva, de su capacidad de sentir el bien, la lealtad y abnegación, en cuyo caso lo intelectual sería en gran parte la ciencia del mal, que junto con la del bien tomó Adán cuando no supo resignarse, como el perro, a una vida de simplicidad afectiva.
Pero es claro que la capacidad afectiva, la facultad de ponderar el bien y el mal implica discernimiento, en cuyo caso si aceptamos esta cualidad en el perro estamos aceptando que es capaz de pensar. Este es el problema, porque el perro no puede , y esto es evidente, razonar como el hombre; también resulta indudable que es capaz de sentir la alegría y la tristeza no soló fisiológicamente, sino afectivamente también, por lo cual no es solución negar esto último para acreditar que el perro no es capaz de pensar y carece de las funciones psíquicas que hacen presuponer, en el caso del hombre, la existencia de un alma.
Quizá la cuestión radica en la forma de plantear el problema, porque en lugar de negar que el perro es capaz de pensar como el hombre, deberíamos decir que no es capaz de pensar al estilo del hombre. Mas, por otra parte, sería aventurado decir que la forma de pensar del perro es rudimentaria y establecer unas gradaciones imaginativas entre el hombre y el perro.
La cuestión se reduciría entonces a suponer un proceso evolutivo, por el cual el perro se acercarse a la capacidad mental del hombre a través de los milenios; pero queda, no obstante, cada vez mas atrás porque el ritmo evolutivo del hombre es más acelerado. Sin embargo, el hombre y el perro no siguen una misma linea, donde uno haya avanzado más que otro, sino que son distintos sensorial y psíquicamente. Mas negar el dolor, la alegría y la tristeza en el perro es cortarle al problema la cabeza.
Sobre la capacidad de tristeza en el perro que ha perdido a su amo, su inquebrantable fidelidad en el recuerdo, existen infinidad de relatos de los cuales voy a seleccionar algunos por su mayor significado psicológico, recogidos en recortes de prensa.
Los porteros del cementerio de la Almudena,en Madrid, tuvieron que evitar la insistencia de un perro que a toda costa estaba dispuesto a burlar la vigilancia para entrar a la tumba de su amo, día y noche, bajo la lluvia; mas como no pudo entrar se fué y volvió a los dos días con una herida en el cuello, dispuesto a continuar la guardia, fiel y amigo del hombre muerto.
En Alfeld, Alemania, un perro hace todos los días una visita a la tumba de su dueño. Desde la casa de los hijos del finado, donde vive, se dirige triste y pausado a través de las calles hasta el cementerio, donde permanece ante la tumba de su dueño un buen rato antes de volver a la casa, indiferente incluso a esas grandes nevadas de la Alta Baviera.
Y por ultimo, mencionare el amor de mi perra "Chispita", que ya no existe, y que no se movía de la puerta de casa de mi madre esperando mi regreso o bien había perdido su apetito, por suerte ella contó con el amor y los cuidados de mi madre, de la nana Celestina y de todos los que estaban a su alrededor, y al tiempo pudo superar mi ausencia. Aunque en mi mente quedo grabado el hecho de que pude haberle dado mucho más de lo que tuvo.
¿Sería justo pensar que ese perro obra mecánicamente y no piensa ni siente nada cuando hace su visita, ni existe un acto voluntario, un móvil sentimental y no fisiológico que le lleva todos los días a ir y volver al cementerio? ¿O a esperarte detrás de la puerta de casa todos los días?
¿Sería justo pensar que ese perro obra mecánicamente y no piensa ni siente nada cuando hace su visita, ni existe un acto voluntario, un móvil sentimental y no fisiológico que le lleva todos los días a ir y volver al cementerio? ¿O a esperarte detrás de la puerta de casa todos los días?
Esto es en honor a mi adorado "Marco Antonio", quien recien acaba de llegar a mi casa y hoy me acompaña, y en honor a todos quienes están allí esperando detrás de la puerta, esperando a sus amos.
El amor es de todas las especies que habitamos en el planeta, pero parece mentira que seamos precisamente algunos humanos, quienes nos llenemos la boca creyendonos mas superiores a las demás especies, porque razonamos e inventamos artiluguios tecnologicos a diaro, pero en lo básico, que es el dar amor, estamos muy por debajo de otras especies.










